
Ana, mi compañera en la Revista es una persona muy positiva, risueña y divertida. Hoy cuando cruzó el umbral de la puerta, sin embargo, saludó distante y su sonrisa se evaporó en segudos. Su cara normalmente muy expresiva no reflejaba nada, parecía estar en otro sitio, con otra gente.
Volvimos a cruzarnos y seguía en una especie de estado catatónico cuya razón me desveló con una imagen tomada desde su móvil: un niño vestido como un hombrecito con un uniforme bajo un baby a rayas azules y blancas cuyos grandes ojos escudriñaban a su madre, reflejando expectación ante lo nuevo, temor por lo desconocido, apego a quien en los últimos tres años ha velado por él.
Ya no está en una guardería sino en el colegio y su madre siente que le pierde un poquito, que la vida de su hijo ya girará más allá de su mundo, en otras paredes, bajo otros cielos, en otras manos.
El niño se acostumbra a los cambios y parece cada día hacerse más fuerte a los ojos de su progenitora cuyo corazón vive en una montaña rusa: tantos niños, tantos padres, tantos ruidos resultan, a veces, demasiado.
Luego se enfrenta al asunto del comedor… Su nene aunque está muy sano no tiene mucho apetito y ahora el dejar la guardería parece acrecentar su mala relación con ciertos alimentos, así que desde el principio se une al grupo de niños que se quedan a comer en una sala que Ana nunca había visto más allá de “Prision Break” (sí, esa serie carcelaria, desde luego guardando las distancias claro) donde rayas azules y blancas la inundan con risas, gritos, llantos y comen y beben en brillantes bandejas de aluminio.
Su pequeño espera pacientemente a que su profesora le ayude un poquito en tan difícil momento. Resulta sorprendente cómo se deja guiar por alguien que acaba de conocer. Somos tan confiados en la infancia que resultamos frágiles como el cristal y moldeables como el barro.
Su madre, mi compañera Ana, desea abrazarle y prometerle que siempre la vida será así: rodeado de gente que le aprecia, que lucharía por él. Retendría su cuerpecito entre sus brazos impregnándole toda su energía, absorbiéndole todos sus miedos y los de ella que seguro que son más y frenar los más que probables desencantos…
El niño cuenta que sólo llora en el comedor. El órgano distribuidor de la sangre de su madre bombea como loco orgulloso de su pequeño gran hombre, que se enfrenta a lo novedoso sin más. Ahora está con su mamá. Nada importa ya… Hasta mañana.
Miles de padres se han enfrentado a la incorporación de sus hijos a la sociedad del futuro, tomando decisiones que afectarán a su porvenir y que acertadas o no son las que seguro que interiormente juzgaron como las mejores.
GO PAPIS¡¡¡¡¡
Ya va al cole grandeeee jajajaj como les gusta que les digan, pero vamos, que aún tiene mucho que disfrutar!!!
ResponderEliminarUn beso
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Muchas gracias Henar por asomarte al blog¡¡¡
ResponderEliminarEfectivamente, tiene toda una vida por delanteeee¡¡
Un beso