

Que todos somos iguales es discutible. Cada persona es como es. No sólo es cierto aquello de que cada uno somos de su padre y de su madre, sino que aún siendo de padres iguales, somos muy diferentes. Por ejemplo, mi hermana y yo somos el día y la noche, el yin y el yang, aunque es muy real también, siendo justa, que compartinos bastante de los Flinn.
Lo que busco con todo esto es resaltar que la diversidad es genial. Ser distintos es necesario. Cuando nos referimos a hombres y mujeres, mi humilde opinión es que no somos tampoco exactos. Y menos mal…., por cierto.
Sin embargo, estoy convencida de que en cuanto a nuestras metas y nuestros sueños somos idénticos. Luchamos por lo que queremos con todas nuestras fuerzas.
Hoy que mis Directores me piden que hable de la igualdad entre hombres y mujeres, os presento la siguiente historia que quizá se desarrolle todos los días en algún lugar de nuestro mundo: personas más allá de simples varones o hembras, que pelean por un hueco, que se apasionan por lo que hacen… Va por ellos. Adelante.
Marea alta. Sueños en lucha.
Uno Marcos Gluck había levantado su empresa de la nada. Sus padres volvieron a España cuando él tenía 15 años y su familia nada en los bolsillos. Aprendió el oficio del desguace en la calle, con su padre y su hermano, mientras su madre se quedaba en casa cocinando y arreglando el pequeño hogar.
Comenzó a interesarse por las motos desde antes de que tuviera uso de razón ya que veía dos ruedas y sus ojos se perdían detrás. Su padre le había fabricado un patinete sobre el que soñaba con la velocidad, con el viento golpeando en su cara. Imaginaba que estaba en una moto. Sabía que algún día conseguiría una.
Lo tenía tan claro que guardaba aquel primer pensamiento junto con otros importantes: la primera vez que montó en una moto, la primera moto que se compró, cuando vio a Isabel por vez primera y la última vez que abrazó a sus padres y hermano. El cerebro le obligaba a guardar solo ciertos recuerdos: los buenos. El accidente que le privó de una infancia en el seno de una familia, se escondía en lo más recóndito de su alma.
El teléfono le despertó de su letargo. La luz del altavoz se iluminó y con presionar una tecla la voz de su secretaria anunció la llegada de su entrañable amigo Márquez. Junto a su mujer Isabel, era lo que más apreciaba en el mundo. Las casualidades hicieron que ambos apasionados del motor coincidieran y entablaran amistad, aunque provenían de lugares tan radicalmente distintos que todavía se preguntaban cómo “lo suyo” había durado.
Marcos, sin dinero y sin familia, hacía equilibrios para poder comer y acercarse al Jarama a que la velocidad sacudiera su corazón. Diego Márquez, sin embargo, se paseaba por los boxes con facilidad. Con diecisiete años todavía no sabía lo que era trabajar y tenía previsto estudiar Derecho, como su padre, aunque deseaba algún día pertenecer al mundo de las dos ruedas. Sin embargo, la casualidad, como variable que de nuevo acudía a su vida, hizo que coincidieran en el circuito del Jarama, Márquez para ver el espectáculo y Gluck para solicitar otro trabajo que le mantendría los domingos y del que disfrutaría. A Miguel Márquez, el tío de Diego, le cayó en gracia aquel jovencito que parecía desesperado pero que tenía cara de espabilado. Fue el único piloto que le permitió entrar, aunque, en realidad, no le dejó, sino que como iba con su sobrino pensó que era su amigo, si bien en el segundo golpe de vista apreció claramente las diferencias de clase. Desde entonces, los dos jóvenes no se separaron. Aprendieron juntos a amar las motos y a moverse en aquel mundo.
Lo que busco con todo esto es resaltar que la diversidad es genial. Ser distintos es necesario. Cuando nos referimos a hombres y mujeres, mi humilde opinión es que no somos tampoco exactos. Y menos mal…., por cierto.
Sin embargo, estoy convencida de que en cuanto a nuestras metas y nuestros sueños somos idénticos. Luchamos por lo que queremos con todas nuestras fuerzas.
Hoy que mis Directores me piden que hable de la igualdad entre hombres y mujeres, os presento la siguiente historia que quizá se desarrolle todos los días en algún lugar de nuestro mundo: personas más allá de simples varones o hembras, que pelean por un hueco, que se apasionan por lo que hacen… Va por ellos. Adelante.
Marea alta. Sueños en lucha.
Uno Marcos Gluck había levantado su empresa de la nada. Sus padres volvieron a España cuando él tenía 15 años y su familia nada en los bolsillos. Aprendió el oficio del desguace en la calle, con su padre y su hermano, mientras su madre se quedaba en casa cocinando y arreglando el pequeño hogar.
Comenzó a interesarse por las motos desde antes de que tuviera uso de razón ya que veía dos ruedas y sus ojos se perdían detrás. Su padre le había fabricado un patinete sobre el que soñaba con la velocidad, con el viento golpeando en su cara. Imaginaba que estaba en una moto. Sabía que algún día conseguiría una.
Lo tenía tan claro que guardaba aquel primer pensamiento junto con otros importantes: la primera vez que montó en una moto, la primera moto que se compró, cuando vio a Isabel por vez primera y la última vez que abrazó a sus padres y hermano. El cerebro le obligaba a guardar solo ciertos recuerdos: los buenos. El accidente que le privó de una infancia en el seno de una familia, se escondía en lo más recóndito de su alma.
El teléfono le despertó de su letargo. La luz del altavoz se iluminó y con presionar una tecla la voz de su secretaria anunció la llegada de su entrañable amigo Márquez. Junto a su mujer Isabel, era lo que más apreciaba en el mundo. Las casualidades hicieron que ambos apasionados del motor coincidieran y entablaran amistad, aunque provenían de lugares tan radicalmente distintos que todavía se preguntaban cómo “lo suyo” había durado.
Marcos, sin dinero y sin familia, hacía equilibrios para poder comer y acercarse al Jarama a que la velocidad sacudiera su corazón. Diego Márquez, sin embargo, se paseaba por los boxes con facilidad. Con diecisiete años todavía no sabía lo que era trabajar y tenía previsto estudiar Derecho, como su padre, aunque deseaba algún día pertenecer al mundo de las dos ruedas. Sin embargo, la casualidad, como variable que de nuevo acudía a su vida, hizo que coincidieran en el circuito del Jarama, Márquez para ver el espectáculo y Gluck para solicitar otro trabajo que le mantendría los domingos y del que disfrutaría. A Miguel Márquez, el tío de Diego, le cayó en gracia aquel jovencito que parecía desesperado pero que tenía cara de espabilado. Fue el único piloto que le permitió entrar, aunque, en realidad, no le dejó, sino que como iba con su sobrino pensó que era su amigo, si bien en el segundo golpe de vista apreció claramente las diferencias de clase. Desde entonces, los dos jóvenes no se separaron. Aprendieron juntos a amar las motos y a moverse en aquel mundo.
Con el tiempo, Marcos se hizo un nombre en la reparación de motos. Diego acabó Derecho, pero montó su propia escudería, la primera escudería española. Juntos durante unos años fueron un tándem perfecto: uno era la imagen y el otro realizaba el trabajo que adoraba. Cada uno formó su familia y al cabo de los años volaron por separado, pero sin lágrimas ni rencor puesto que cada uno se dedicó a lo que realmente quería. Sus firmes pasos les hicieron un hueco en la sociedad española.
Ahora volvían a unirse para la aventura de encontrar el mejor mecánico que se uniría a ellos en el campeonato del mundo. Tras un abrazo sentido, se pusieron al día.
- Diego, lo que me propones me gusta. Sangre fresca, es lo que ya voy necesitando.
- No digas que estás mayor que te saco dos años y me haces más viejo -rió.
- Mándame a los chicos que seleccionaste para tu concurso y veré qué puedo hacer. Tendrán que meterse en grasa hasta el cuello -bromeó.
- Ay, qué antiguo eres, Marcos. Te vas a sorprender. Pero sí, quiero que los exprimas. Necesito al mejor.
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