
Dos. El lunes temprano, Marcos se preparó para recibir a los candidatos. Su secretaria Elvira el viernes le pasó los currículos, pero no había tenido tiempo hasta esa misma mañana para echarles un vistazo. Ángel y Martina. Debe de ser un error, pensó. Ángel y Martín, se dijo. Todavía no había iniciado su lectura cuando entraban en su despacho un chico y una chica.
¿Cómo es posible que alguien traiga a su novia a una entrevista?¿Cómo es posible que el otro candidato todavía no haya llegado? -se preguntaba Marcos. ¡Qué poco serios!
¿Cómo es posible que alguien traiga a su novia a una entrevista?¿Cómo es posible que el otro candidato todavía no haya llegado? -se preguntaba Marcos. ¡Qué poco serios!
- Sr. Gluck. Aquí están: Ángel y Martina.
- Bien, Elvira, cuando llegue el otro candidato le hace pasar, por favor.
-¿Cómo dice? -preguntó extrañada su secretaria.
- Yo soy el otro candidato, señor -afirmó a media voz la chica mientras el joven la observaba casi con desprecio.
- Sí, señor Gluck, ella es la del currículum -le indicó Elvira señalándole la foto que encabezaba uno de los documentos.
Reponiéndose de la sorpresa, Marcos Gluck, dio la mano a ambos y los dirigió por la empresa en una visita rápida por las oficinas hasta los talleres, situados en la parte baja del edificio de tres plantas. Tras escuchar casi en trance la historia de la empresa que era líder en su sector, se dirigieron a los vestuarios por turnos, pues al no haber mujeres en la plantilla no disponían de vestuarios separados.
Ataviados con monos de trabajo, Ángel y Martina con expresión concentrada pasarían la tarde justificando los conocimientos que habían acreditado. A Marcos Gluck le bastaba con ver cómo cogían las piezas para saber si eran dignos de ellas o no. Los primeros ejercicios los pasaron casi a la par, si bien, Marcos tuvo que reconocer que Martina actuaba con una casi imperceptible pero mayor precisión que el chico. Movía sus manos finas con rapidez y destreza. Desde luego que tenía mucha habilidad. Pasaron la tarde montando y desmotando piezas complicadas y motores y aplicando colores y barnices de gran calidad.
Ángel se sabía vencedor. Ya le habían comentado que la chica era pura publicidad, pero lo cierto es que no sabía que iba a ser tan buena. El dueño de la empresa parecía igual de impresionado que él y es que Martina era una mujer con muchos recursos.
El señor Gluck observaba con atención la actuación de ambos y aunque albergaba dudas al principio, veía que la joven se desenvolvía perfectamente. Tenía madera. Él lo supo cuando manejaba aquel motor como si fuera una de sus extremidades. Fue entonces cuando recibió la llamada que le agrió el día, le enfureció y ennegreció sus pensamientos: los organizadores le pedían que cogiera al chico. Martina era el objetivo de los medios. Estaban jugando con él y con las ilusiones de ella. Por primera vez en su vida, a pesar de todo lo que había pasado, sintió que la vida era injusta. Tuvo la corazonada de que aquella chica tendría que rehacerse como él había hecho en tantas ocasiones.
Cuando realizaron las pruebas, el propio Gluck debía dar su visto bueno a los ejercicios. Se trataba de fichar al mejor. Cenaron y volverían a verse al día siguiente.
Marcos Gluck esa noche se planteó observando a su esposa Isabel si la veía tan persona como a él mismo. Si más allá de considerar que era la mujer que amaba, veía a alguien inferior a él. La sonrisa de su esposa con los ojos cerrados le dio la respuesta: no eran iguales. Para él ella era un ser superior y especial. Dejaría su vida en sus manos. Este pensamiento le acunó durante la noche.
Ojalá todos los Marcos Gluck del mundo llegasen a la misma conclusión!!!
ResponderEliminarEsperemos que un día no haya que hablar sobre la igualdad pues será que cada uno hemos encontrado nuestro hueco y somos libres para decidir y soñar¡¡¡
ResponderEliminarMuchas gracias por tus comentarios¡¡¡