
Tres. En el segundo día de pruebas y de la toma de decisión, Marcos entendiendo que en cuanto a conocimientos estaban a la par, buscó que mostraran sus reacciones frente a situaciones que podrían aparecer en su futuro trabajo.
Mientras los candidatos aplicaban sus propias teorías, Gluck y Márquez, se reunieron y se encontraron en desacuerdo. Nunca durante la historia de su amistad les había ocurrido aquello. Para el dueño de la prestigiosa cadena de talleres, Martina tenía derecho a todo y para el propietario de la escudería, el chico era la imagen que precisaban en sus filas: varonil y seguro de sí mismo. El concurso era un fraude.
Martina y Ángel entregaron sus supuestos prácticos y tras su examen, Marcos habló con los dos y les planteó sus dudas al respecto. Resultó ser una conversación de lo más reveladora: ambos eran luchadores natos y deseaban aquel puesto.
La pregunta clave que Marcos Gluck más apreció fue la descripción del sentimiento al conducir una moto. En la visión de Martina se reconoció: la búsqueda de la brisa acariciando su cara, sus brazos, su cuerpo. Los rayos del sol penetrando a través de la visera del casco y la libertad que aportaba a su vida.
¿Estaría el mundo preparado para esa chica? Y lo que era más importante, ¿y el mundo empresarial? De la decisión de Gluck dependería el futuro de Martina. Estaba en sus manos.
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