


Verano. Esa estación del año en que los más afortunados dedican sus horas de existencia a lo que apetece, sin más: escribir, tomar el sol, leer, pasear, ir al cine, hacer fotos, dejar la mente en blanco, encontrar cócteles de sabores indescriptibles en lugares exóticos, practicar un idioma o un deporte, y cómo no descubrir ciudades nuevas o redescubrir las ya vividas y que en la compañía adecuada serán distintas a nuestros ojos.
Marea alta, la ciudad, la luna y tú.
La luna refleja mis pasos y los suyos. He recorrido tantas veces estas calles que podría señalar cada escaparate, línea de metro e incluso artista callejero que las puebla. Sin embargo, esta noche en su compañía, todo es distinto. Su risa llena las aceras y los edificios parecen menos desafiantes.
La ciudad late al ritmo acompasado de nuestros corazones. Paseamos aspirando el aroma a capital y a modernidad. El asfalto marca el camino de los coches, autobuses y taxis. Su compás nos es conocido, se amarró a nuestras vidas desde la infancia y ahora es un sonido más que nos acompaña en este recorrido bajo las estrellas que sobreviven a la urbe y que penetran en nuestros sentidos.
Me coge la mano y el pavimento se hace más deslizante bajo mis pies.
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