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Amor inmenso

Ayer me llamó Marta, mi hermana, la de París. Ya os hablé de ella. Está desesperada. Anda arrastrándose de su casa al trabajo y del trabajo a casa, con sueño y cabreada. Ya no puede más, la situación la supera: su hijo no la deja descansar. Necesita estar con ella a todas horas, precisa su constante atención y no la deja ni a sol ni a sombra. Reconoce que tuvo suerte, que hasta entonces nunca le había dado demasiados problemas, pero ahora cuando se acerca la noche, empieza a temerse lo peor: negativas del pequeño para irse a descansar, las posteriores rabietas y los llantos ininterrumpidos hasta que el cansancio hace mella en mi sobrino quien, de pronto, sin avisar, cierra los ojos y su respiración se hace cada vez más constante, dejando a mi hermana en un mundo de silencio obligatorio para evitar que él se despierte y la vuelva a “atar” junto a su cama. Yo la escucho y sus explicaciones entrecortadas me hacen que compruebe de vez en cuando el teléfono desde el que me llaman pues Marta parece otra persona. Pocas veces lloraba, siempre ha sido la racional de las dos, la mayor y más madura. Pero ahí estaba tachándose de mala madre por querer relajarse como el resto de los mortales. Estoy más tranquila porque Leonard la da paz, pero es mi otro yo y me preocupo. Admiro su dedicación y la animo a que siga adelante, que logre que Maurice sea independiente no es ningún delito, por mucho que llore y patalee como si fuera horrible lo que le está pasando, es por su bien. Entonces, mientras pienso aquello, me miro en el espejo y veo reflejada a mi madre, que tantas veces nos repetía aquello de “Me duele más a mí que a ti”.

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