He incorporado la bici a mi rutina diaria. Ocho kilómetros entre coches, obras, motos y la sensación de que cada día es distinto. Empecé hablando de rutina, pero no, ya no existe. Soy consciente de que puede que cualquier cosa suceda. Voy con los ojos muy abiertos, a tope de energía. De este modo, cada jornada es diferente. Las calles de siempre parecen otras. Me han pasado muchas cosas: perros que se lanzan sobre mí sin dejar de ladrar, hombres que te ven sexy sobre ruedas y te lo hacen saber y, OMG, reencuentros espectaculares. Sí, me encontré después de millones de años con un amigo de la Facultad que triunfó como todos imaginábamos y que no ha cambiado nada (como era de esperar). Nadie como él llamaría a un taxi. Le reconocería en cualquier lugar con esa pose de hombre que todo lo sabe pero que necesita que le comprendan. Y sonreía, claro. Su boca estaba hecha para eso. También para acompañar a los ojos verdes má...